BLAVIS. Promesas cumplidas

Decía Pau Arenós en el 2008 que cuando “los luchadores del Blavis” compraran más menaje de cocina, a parte del cuchillo, el horno, el microondas, la sandwichera y los fuegos serían imparables. Titulaba su crítica con el contundente “Prometedores”, que es lo que se le dice a alguien que apunta maneras pero está aún esperando en la pole position. Los protagonistas de este pequeño restaurante de la calle Zaragoza de Barcelona son Marc Casademunt y Sònia Devesa, pareja dentro y fuera del Blavis.

Han pasado 7 años de aquella crítica y hace unos días los visité con la intención de descubrir si el augurio de Arenós se había cumplido. Y así es: confirmo que el Blavis es una propuesta bien elaborada, imaginativa y muy interesante. Con las promesas cumplidas, les pregunto qué nuevas incorporaciones tienen en su equipamiento de cocina. Sorprendentemente, Sònia me contesta que sólo una cosa. “La cocina sigue siendo igual de pequeña, y lo único que hemos comprado ha sido una Thermomix. No nos cabe nada más”, confiesa. La cocina del Blavis sólo tiene un fogón y muchos de los clientes cuando descubren la particularidad se preguntan, retóricamente: “¿Este plato ha salido de esa cocina?”.

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Sònia y Marc saben como aprovechar el espacio. 30 metros cuadrados de local incluyendo la cocina no es tarea fácil. El lugar es pequeño, cierto, pero en ningún momento noté la presión de lo reducido. Caben siete mesas y es extraordinariamente acogedor. No siempre los locales pequeños son sinónimo de buen ambiente. Aquí las mesas encajan como en una partida de Tetris pero no hay sensación de falta de espacio.

La apuesta del Blavis pasa por los pequeños platos para compartir, llamémosles tapas… tapas de calidad. Ahora Marc tiene 39 años y detrás de la carta (escrita en una pequeña pizarra que va pasando de mesa en mesa) hay una historia y una reflexión. Los diferentes platillos han estado pensados a conciencia. La prueba es algunos de los que probé esa noche:

Unas bravas que escondían tres cocciones: hervidas, confitadas y fritas. De ahí su textura untuosa en el interior y crujiente en el envoltorio. Un steak tartare bien picado, carne de calidad y buen aderezo que no podía dejar de probar. Unas croquetas de ibérico que, aburridas de la forma ovalada, recordaban una partida de dados. Por dentro eran todo jugosidad y nada grasas. Unas alcachofas hechas a la brasa con un romesco que iba falto de contundencia y sabor. Unos raviolis de gambas rellenos de duxelle de setas. Lástima que el interior fuera tan contundente y que la cebolla no estuviera bien cocida. Para rematar una cochinita pibil con pimientos del piquillo que se deshacía en la boca, y no es un eufemismo. Y un punto final dulce con nombre de helado de violeta, que no había duda que se había hecho con mucho cariño porque su cremosidad era de lágrima. Todo ello por 25 euros persona, siendo 5 y pidiendo 3 botellas de vino.

Me quedé con las ganas de probar la tapa Dinamarca en honor a la madre de Marc que es danesa, claro está. La combinación de pan negro, mantequilla, arenque ahumado, alcaparras y cebolleta me traen reminiscencias de un Erasmus que ya casi no recuerdo. El país escandinavo no es el único que chisporrotea en la carta, también encontramos toques argentinos, mejicanos… Sònia puntualiza: “Tampoco es que viajemos mucho, no tenemos demasiado tiempo. Pero Marc es muy curioso y siempre está mirando libros y apuntando ideas”.

La pareja de luchadores ha sobrevivido y con nota. Por el camino ha caído el menú de mediodía, que fue lo que les dio a conocer. Ahora se concentran en las cenas, y esto les permite pensar platos más elaborados y llevar un ritmo más relajado, aunque a decir por lo que me ha costado localizar a Sònia al teléfono intuyo que su definición de estrés no es la misma que la mía.

En su pequeño Blavis defienden la improvisación, la cocina bien hecha, el cariño, también los orígenes y la calidad. Promesas cumplidas.

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